La Semana Santa había decido esperarse hasta abril para hacer disfrutar a muchos de unas merecidas vacaciones que, con ansías e impaciencia, miraban de reojo en los calendarios dispuestos en las mesas de sus oficinas. Marcos y su grupo de amigos de toda la vida, aquellos con los que se relacionaba desde los tiempos en que correteaba por el patio de su colegio y jugaba a cualquier cosa imaginable, decidieron que podrían hacer unas vacaciones conjuntas para olvidarse de las obligaciones que, fuera de la Universidad o del instituto, les llegaban día a día y no les permitían disfrutar tanto como quisieran de sus ratos libres después de las interminables clases y los largos viajes que hacían cada mañana para asistir a ellas.
Era miércoles. Los primeros días de sus vacaciones habían transcurrido entre risas y "coñas", visitando pueblos, andando largos caminos y haciendo fotografías para no perder en el mar de recuerdos de sus mentes todo lo que estaban disfrutando juntos. Aquel día transcurría tranquilo, con el sol brillando por encima de sus cabezas y una suave brisa que se divertía deshaciendo sus peinados. Por la mañana se habían quedado en el pequeño pueblo donde se alojaban para reposar un poco tras tanta actividad que habían hecho en el Alt Empordà, y una vez comieron, Marcos, Alejandro, David, Rubén y Quique se pusieron en dirección a una pequeña cala del Cap de Creus conocida como "Cala Montjoi" para pasar un rato al lado del agradable mar de la Costa Brava.
Marcos conducía a través de una estrecha carretera con su grupo de amigos de toda la vida repartidos por los demás asientos de la furgoneta que habían alquilado, observando estos una imagen preciosa de las olas del mar impactando con suavidad y elegancia contra las rocas. No tardaron mucho en llegar a la mencionada cala, pero sin embargo, en vez de encontrar la tranquilidad y belleza que esperaban, encontraron una playa de roca grande y algo descuidada donde abundaban las botellas de plástico vacío. Viendo que aquel plan perdía todo su encanto, pusieron rumbo a la furgoneta de nuevo para ir a su segundo destino del día: Cadaqués.
Salieron del ramal de la carretera donde habían dejado el coche y, en vez de dar media vuelta, continuaron en el mismo sentido que les había conducido hasta aquella cala porque, al parecer, el camino que seguía llevaba directo a su destino. Pensaron que así ahorrarían algo de gasóleo, ya que se evitarían hacer la vuelta hasta Roses para coger la carretera de acceso a Cadaqués. Sin embargo, el camino era lento y pedregoso, con ciertos obstáculos que tuvieron que pasar a velocidades muy reducidas para, cuando llegaron al final, encontrarse en otra cala en el que se cortaba el camino de acceso a Cadaqués. Maldiciendo haber gastado tal cantidad de diesel para nada, y sabiendo que el camino que les esperaba iba a ser largo e incómodo, dieron la vuelta resignados y volvieron a Roses.
Cuando, después de innumerables rotondas y algún que otro desvío mal escogido, pusieron rumbo a Cadaqués, el clima que se vivía dentro de la furgoneta era muy distinto al de hacía unos treinta minutos. Las sonrisas y las carcajadas volvieron a invadir el habitáculo del vehículo, mientras Marcos tomaba con precaución las peligrosas curvas que tenía la carretera por la que iban. En un cierto tramo, Marcos vio que la carretera se estrechaba considerablemente antes de una curva cerrada, con lo que decidió bajar un poco la velocidad para tomarla. Cuando ya estaban muy cerca de ella, apareció del otro carril un autobús gigantesco, que sin ningún tipo de preocupación, invadió el carril donde viajaban nuestro grupo de amigos a una velocidad muy por encima de lo recomendable.
Marcos reacciono con rapidez y virulencia, apretando con fuerza el pedal del freno y asestando al volante un fuerte golpe hacía la derecha. En el momento de ejecutar la acción, la adrenalina recorría su cuerpo en cantidades gigantescas y, debido al miedo, transcurrieron ante sus dilatados ojos imágenes de toda su vida. En ellas se veía a su familia en celebraciones de cumpleaños, a sus amigos y sus compañeros de instituto comentando la jugada del partido anterior, algún que otro momento romántico con la que había sido su novia los anteriores dos años, etc. Mientras todo esto pasaba antes sus ojos, el tiempo fuera de sus pensamientos se había paralizado y avanzada al ritmo de un caracol.
Sintieron un pequeño golpe proveniente del lado derecho. La reacción de Marcos había sido tan brusca que el coche rozó con el guarda-raíl, mientras el autocar paso a escasos milímetros de la carrocería del vehículo detenido de nuestros amigos. Sin haberse inmutado del incidente, el conductor del autocar hizo regresar a su debido carril su vehículo, dejando a nuestro grupo de amigos con un susto monumental y el coche tocando el guarda-raíl que prevenía la caída al precipicio por el que bordeaba la carretera.
Tras unos segundos que se hicieron horas, Marcos piso el embrague de la furgoneta, puso primera y reinició la marcha. Hasta que llegaron a Cadaqués no cruzaron una sola palabra, y el susto no se lo llegaron a quitar en lo que restaba de vacaciones, aunque, por suerte, jóvenes y olvidadizos, enseguida se volvió a instaurar el buen ambiente en el grupo. Sin embargo, aquella noche no pudieron dormir muy tranquilos. Habían visto su vida en diapositivas.
VicRCDE
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