31/5/11

DEMASIADO TIEMPO PASADO


Primero de todo, quiero pediros disculpas por la tardanza. Esta entrada tendría que haber sido publicada el jueves, pero por diferentes asuntos, hoy es el primer día tranquilo que tengo desde el miércoles de la semana pasada, y es por eso que os escribo hoy.

El relato que ahora expongo vuelve a ser una historia propia con el mismo protagonista de la anterior: Marcos. Dudo en hacer una serie de historias con este personaje (con una regularidad de dos por mes o parecido), y me gustaría saber vuestra opinión. También os anuncio que este jueves habrá una publicación nueva de fotografías a pinturas y, si tengo tiempo suficiente, la próxima semana tendréis un nuevo artículo sobre música. Pero todo esto es, de momento, futuro impredecible e inseguro, así que os dejo con la historia de Marcos. ¡Espero que os guste!


Historias de Marcos: debajo de la ciudad


Escaleras y más escaleras. Las rodillas de Marcos sufrían los golpes que el cuerpo atestaba contra ellas al bajar los escalones que dirigían a las máquinas del Metro. Otro duro día, otra eterna tarde de viernes que quedaba para el pasado de los momentos que él no quería recordar. Salía de un examen de inglés con la cara torcida, sin saber muy bien si ese montón de hojas que no hacía ni diez minutos que había entregado serían para un nuevo logro en su currículo o más de 700€ lanzados a la basura con una precisión que ni el mejor triplista de la historia hubiese conseguido igualar.


Las rodillas dejaron de sufrir cuando llegaron al vestíbulo de la estación. Marcos busco en su pequeña mochila la tarjeta T-Mes. En esos momentos estaba ya en sus últimos días de validez y el dorso estaba lleno de números escupidos por las máquinas que, cada mañana, dejaban a Marcos volver a ver a sus amigos de la facultad. Cruzo las portezuelas con el símbolo de TMB y se dirigió hacía las escaleras mecánicas que descendían hasta el andén, donde espero pacientemente a que la enorme serpiente subterránea llegará de su anterior destino. De mientras, rebusco en uno de sus bolsillos una caja de chicles y, al poco rato, lo volvió a hacer para encontrar su teléfono móvil. De la bolsa sacó unos auriculares y, cuando el convoy ya se estaba parando frente a él, una banda de guitarras y bajos servían a los oídos una música intranquila y revoltosa.


Entro. Se cogió a una de las numerosas barras presentes por el vagón y, inmediatamente, salía de aquella vieja estación en la que no había entrado nunca hasta entonces. Mientras los altavoces anunciaban la próxima estación, Marcos empezó a hacer una de sus actividades favoritas en sus viajes por debajo de la gran ciudad de Barcelona: observar a los demás pasajeros. Por la mañana siempre era monótono, ya que todo el mundo tenía sus ojos fijados en alguno de los diarios gratuitos que se repartían a la entrada de las diversas estaciones. Pero por la tarde el ambiente era diferente. El típico periódico daba paso a otras actitudes más diversas e interesantes, como aquellos que aprovechaban los minutos de viaje para echarse una pequeña cabezada, otros que, con ese aparato que se había hecho tan famoso entre mucha gente, la BlackBerry, "hablaban" con personas cercanas. También habían aquellos que apostaban por los juegos, ya fueran estos digitales o analógicos, o por la música, tal como hacía Marcos.


Sin embargo, aquel viaje le deparaba una sorpresa inesperada. Una sorpresa que apareció tres paradas después por efecto de magia. En Urgell. De su viaje diario, Urgell era de las paradas que menos le gustaban. Siempre decía que la habían puesto ahí como un pegote, algo con lo que compensar a los vecinos por las molestias ocasionadas con la construcción de esa línea por debajo de su calle y mantenerlos así contentos. Sin embargo, en aquella ocasión, Urgell se convirtió en el escenario al que subió una extraña pareja cargada con una guitarra y un bajo. No tardó mucho en darse cuenta de que esa pareja era una de las que llevaba cargadas en su móvil y que, mientras los pitidos se sucedían a través de los viejos altavoces del vagón para alertar del cierre de las puertas, ellos conectaban a unos amplificadores los instrumentos y un micrófono. Nada más las ruedas empezaron a rodar, ellos empezaron a tocar los primeros acordes de una de las canciones favoritas de Marcos. El concierto duro hasta la parada anterior a la de Marcos, tiempo en el que pudo pedir un autógrafo y apartar de sus orejas los molestos auriculares sin miedo a quedarse sin banda sonora durante aquel viaje. Para cuando llego a casa, del examen de inglés y de su dolor de rodillas ya no quedaba ni rastro.


Fin de la historia.

Un saludo a todos los lectores y lectoras de parte de,

VicRCDE

1 comentario:

  1. Hola,

    No sé en que momento he comenzado a viajar con Marcos en ese vehículo serpeante que recorre los túneles subterráneos de la ciudad. Acompañado a veces, depende de la hora, de viajeros somnolientos que se esconden detrás de esos períodicos gratuitos y, a veces, de viajeros ruidosos que nos sorprenden para bien o para mal. Es la vida del viajero, y el metro es como cualquier otro medio de transporte una ruta de la vida. Disfrútala valorando lo que ves y lo que no. Cada viajero tiene su historia. Seguro que se pueden escribir novelas. Recuerdo una del Quim Monzó. Ha sido un placer el final del viaje. ¿Por cierto recuerda Marcos qué música invadia el espacio acústico?

    María

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