El campanario de la iglesia repicaba ante otro cuarto de hora que pasaba. Ya eran las dos y media de una negra noche de julio, donde las estrellas no brillaban por la contaminación de la ciudad. Unas pocas luces continuaban encendidas a aquellas horas, las de la calle, la de algún cartel luminoso y las de algunos pisos en los que sus habitantes no podían o no querían dormir. En uno de esos pisos se encontraba Marcos apoyado contra una de las cuatro paredes que formaban su cuarto, con varios cacharros repartidos por su mesa de estudio. Hacía ya un par de semanas que los exámenes, las obligaciones y demás ataduras de su vida se habían acabado por unas merecidas vacaciones, y eso permitía al ya desordenado sueño de Marcos hacer autenticas salvajadas, como la de esa noche o la de otras, en las que incluso llego a escuchar a sus padres levantarse para ir a trabajar mientras aún él no había sido capaz de cerrar los ojos.
Varias razones dificultaban ese sueño tan deseado por él. Unas veces eran sus ganas de escuchar una canción más, otras se debían a esa película que nunca acababa, pero la mayoría de veces era por sus paranoias y pensamientos que recorrían su inquieta mente. Amigos, situaciones imposibles, mujeres y otras tantas cosas que, en vez de suceder en el mundo del sueño, le sucedían cuando aún sus ojos continuaban abiertos, envueltos de la oscuridad absoluta en la que se encontraba su habitación. Sólo unas pocas veces se interrumpía ese proceso, y eso ocurría cuando en el inquebrantable silencio que le rodeaba se veía roto por el ruido de su perro intentando escapar de su lugar de descanso o cuando los relojes llegaban a una nueva hora digna de anunciar por las numerosas iglesias presentes en Barcelona.
Aquella noche, además, hacía un calor sofocante en la capital del diseño y la modernidad, por lo que Marcos decidió darse un paseo por las calles que, a esas horas de la noche, yacían vacías de gente. Pensó que para despejarse quizás era necesario algo de aire fresco. Sin hacer demasiado ruido, recogió del suelo unas chanclas, se las puso y fue a por sus llaves. Abrió la puerta del piso y bajo por las escaleras los cinco pisos que le separaban del suelo firme de cemento y asfalto de Barcelona. Hacía ya mucho tiempo que no paseaba solo a aquellas horas, cuando sólo podías encontrar gente por las ramblas o cerca de los locales nocturnos, aunque eso a él ya le iba bien. Se encamino hacía al parque de la Ciutadella, pese a saber que muchas noches lo cerraban para evitar incidentes con indigentes o gente que se había pasado con su amiga, la botella. El camino no era largo, al fin y al cabo vivía a unos 20 minutos parque y sólo cogía el metro para poder continuar hablando con sus compañeros universitarios.
Por el camino rebusco por sus bolsillos los cascos que siempre le acompañaban a todas partes. Cuando consiguió descifrar como deshacer el monumental lió que habían formado los cables, se los puso y hizo sonar una de sus melodías favoritas. Era una de esas baladas que hacen hincapié en lo bonito del amor y de lo duro que es no tener a alguien a tu lado, justo lo que aquella noche lo que no le permitía dormir: una de esas paranoias con una chica, una de esas que conoció gracias a la universidad. Sin pertenecer a su clase, sin hablar mucho con ella, sin tener demasiado contacto, le pasó como aquellos pequeños amores que aparecen en un trayecto de metro, quizás imposibles, pero no por eso no dejaban de rondar por su cabeza. Sabía que en realidad sólo era una cosa pasajera, que quizás mañana la obsesión sería con otra chica o con su grupo de amigos, pero aquella noche sólo podía pensar en esa chica. Entre los acordes de distintas canciones llegó a su destino, que para no romper la regla, se encontraba cerrado al público. Decidió darse una vuelta por el campus de la universidad que tan sólo dos semanas antes estaba lleno de gente y volver. Entro por la entrada de los camiones y, con una tranquilidad por la que nunca había ido por ese camino, se fue dirección al Ágora entre los dos edificios principales de la facultad de Economía. Allí se sentó en uno de los bancos que eran iluminados por la luz de la luna que, ya a las tres y cuarto de la noche, se alzaba sobre el cielo barcelonés. Tras unos diez minutos en los que consiguió deshacerse de la paranoia de aquella noche y contemplar como la luna cambiaba de sitio entre las pocas estrellas que la contaminación dejaba entrever, se levanto y se despidió del sitio, pensando que no tendría que verlo hasta setiembre.
El camino de vuelta se hizo mucho más corto que el de vuelta, quizás por el sueño que apresuraba a Marcos, quizás porque por los auriculares ya no sonaban baladas, sino piezas de rock que imponían un ritmo elevado a las piernas. En quince minutos ya se encontraba en la puerta de su casa, intentando como en las noches de fiesta, hacer el menor ruido posible para no despertar ni a sus padres ni al perro, unos porque tenían que madrugar por la mañana y el otro porque podía llegar a despertar a sus padres si le oía y no le abría la puerta. Consiguió entrar en su habitación y, tal como se estiro en la cama, empezó a conciliar el sueño que tanto se le había resistido aquella noche.
P.S. Siento mucho haber estado tanto tiempo sin publicar. Las circunstancias no han sido propicias para poder estar mucho rato delante del ordenador (finales de exámenes, vacaciones y otras cosas) y la inspiración ha sido más bien esquiva estos últimos días. Intentaré volver al ritmo habitual en cuanto antes.
P.S.2 Hoy he tenido como compañero al escribir este nuevo post a Vanova con su disco "The Mellow Tapestry". Os dejo un link a Spotify para escuchar el disco (Vanova en Spotify) y otro a iTunes por si queréis comprarlo (Vanova en iTunes).
P.S.3 Después de mucho tiempo, le he hecho un lavado de cara al blog. Espero que os guste el nuevo diseño :D
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